lunes, 18 de septiembre de 2017

Molinos de viento


Hace poco me dijeron algo que hoy he vuelto a recordar, y observando el paisaje, he de decir que es verdad...


  Mi país no tiene montañas, dicen, y es cierto, tiene mucha llanura, cortada a lo lejos por la torre de alguna iglesia o las ruinas de antiguos castillos, y pequeños montes, poblados de bosquecillos salvados de las llamas del fuego.
  Mi país no tiene esos terrenos accidentados, abruptos, voluptuosos, llenos de vegetación y de carreteras al borde del abismo.
  Mi país es cómodo, tal vez demasiado, pero tiene en su tierra esa sangre, regada con el sudor de la pasión y las lágrimas de la fortaleza, latiendo incesante al ritmo de las palmas y de las gaitas, abonada con las sonrisas tostadas al sol en los campos de olivos, y el zumo de los naranjos impregnados de azahar, con sabor a pan tumaca, y churros con chocolate, y turrón y mazapán.
  Mi país no tiene asombrosas construcciones elevadas a kilómetros del nivel del mar, no, pero tiene molinos de viento meciendo las esperanzas de cuyo nombre, hoy más que nunca, quiero acordarme.
  Y tiene mar, y vistas a un océano, y le llega el calor nómada con el aire del desierto, y hasta algunos copos de nieve que se le caen del bolsillo a los vecinos del norte.
  Mi país es de fácil acceso, para que entren, y salgan, y paseen sin mucha dificultad. (Ojalá sin vallas ni murallas, sin fronteras ni aduanas... Ojalá el que quiera quedarse, que se quede, y el que no, con un abrazo le entregamos la amistad... )
  Es una tierra afortunada donde tuve el buen ojo de nacer. Y conocer gentes de otras tierras, igual de bellas pero diferentes. Igual de luchadoras pero más frías, o más calientes ( las tierras, claro ).
  Mi país tiene mucho por conocer, mucho para, y por, aprender. Es un buen sitio para perderse y encontrar nuevos rincones. Para esconderse y conocer nuevos corazones.
  Pero, ante todo, mi país no es mío, es del mundo.
  Y el mundo, es de todos.
  Y así todo.

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