Aquí estamos, quitándonos los temores. Nada mejor que sacudirse el polvo y seguir gateando.
Aún vamos con tensión, apartando pensamientos desagradables a golpe de guitarra, con prisas y con ansiedades.
Todavía duelen los recuerdos del último golpe, la cicatriz está cerrada, pero quedan restos de sangre que limpiar.
Y miedo, sobretodo, queda miedo, bajo despojos de ilusiones rotas y lágrimas mal contenidas.
Aunque nada mejor que el agua del mar para limpiarla.
Ese inmenso mar que nos separa y nos une al mismo tiempo.
Esa sal que nos escuece y nos cura con paciencia.
Esa arena que nos incomoda y nos relaja las pisadas del camino.
Y entonces nos elevamos y volamos.
Volamos y dejamos nuestros miedos ahí abajo.
Volamos y sentimos esa conexión con nuestro hilo rojo personal.
Volamos y volvemos a empezar, a creer, a soñar.
Ahí es cuando volvemos a coger las riendas, acariciamos el unicornio por el cuerno y escalamos hacia el arcoíris.
Porque más allá de las tormentas eléctricas y de las cumbres borrascosas, justo donde las aguilas vuelan para protegerse del vendaval,
siempre, siempre, siempre,
encontrarás el Sol.
Y los sueños e ilusiones.
Intactos,
esperándote para que los retomes,
para que los alcances y los renueves.
Para que el polvo lo conviertas en purpurina,
las lágrimas en gotas de mar,
y poder probar una vez más
que la cicatriz no es más
que una muestra
de lo bello
que es vivir.
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