Y de repente empieza a llover,
después de cruzar el árido desierto,
después de llevar tanto polvo arrastrado,
después de revolcarse por las espinas.
Aparece un rayo de esperanza,
un cúmulo de nubarrones unidos,
abriendo paso a esa bendita lluvia.
Y, de repente, empieza a caer,
refrescando cada poro de la maltratada piel,
refrescando la garganta reseca de gritar,
refrescando el espíritu ardiendo en soledad.
Entonces,
cierras los ojos,
mirando hacia el cielo,
y dejas que te lave las heridas al caer.
Dejas que te desinfecte el alma,
dejas que se lleve el pesar,
el hastío, las desilusiones,
y vaya limpiando tanta suciedad
adherida por el camino.
Dejas que se llenen los resquicios resecos,
dejas que se inunden los desiertos,
con verde, con vida,
con risas, con besos,
con esa dulce melodía
que va trinando al pasar.
Y de repente,
después
de refrescarte
dejas
que la Luz te guíe
por la tormenta.
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