Eso es lo que siento instalado en mi ser,
una opresión en un lugar entre el pecho y la garganta,
entre mi corazón y las ganas de gritar.
Y de llorar.
De dolor, y de rabia.
De sueños futuros y frustrados.
De solo soñar sin materializar al despertar.
Y esa opresión impide que mi energía fluya, hace que me duela el cuerpo... y el alma.
Y lloro para romper esa madeja de nudos y limpiar mi espíritu.
Aunque preferiría dormir, y no dejar de vivir en mi sueño.
Entonces vuelvo a sentir tristeza.
Tristeza
de ver cómo mi hijo está tirando su adolescencia y juventud, destrozando su salud física y mental, y no quiere ser ayudado.
Tristeza
de recordar cada vez cómo yo desaproveché la mía jugando a ser mayor y creyéndome todo poderosa siendo tan insegura.
Tristeza
de ver cómo seres que estaban a mi lado, apoyándome y dándome cariño incondicional, van desapareciendo.
Tristeza
de ver cómo el tiempo va pasando y tú sigues tan lejos.
Tristeza
de ver cómo sigo en el mismo lugar dónde comencé hace muchos años ya, dónde me siento atrapada por una mezcla de obligación y comodidad, con pinceladas de gratitud.
Tristeza de saber dónde debería estar.
Tristeza de saber que aún no puede ser.
Tristeza al preguntarme si algún día será.
Tristeza
perdiendo
la ilusión
de ser.
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